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La Geopolítica Antártica de Chile, recuperando el legado de Cañas Montalva

La Geopolítica Antártica de Chile, recuperando el legado de Cañas Montalva

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Hubo un tiempo en que dentro del pensamiento estratégico chileno, había una activa preocupación por este tema, en el gobierno de Gabriel Gonzalez Videla se impulsó con éxito iniciativas propuestas por quienes analizaban estas cuestiones, como el general Ramón Cañas Montalva (1896-1977), el que sin duda ocupa un lugar especial como pionero de la geopolítica nacional. Visionario incansable, identificó hace casi ocho décadas el desplazamiento del eje mundial desde el Atlántico europeo hacia el Asia-Pacífico. Para Cañas Montalva, Chile no podía ser considerado otro país sudamericano (y no faltaría mas si tenia un agudo sentido de lo nacional), lo elevaba a una condición de potencia tricontinental, con una posición privilegiada en América, una proyección natural hacia Oceanía y, sobre todo, una soberanía antártica que lo convertía en “el país más austral y, por lo tanto, el más antártico de la Tierra”. Su tesis, plasmada en artículos y conferencias, no era romántica sino más bien pragmática. La Antártica representa la continuidad geográfica de Chile, un espacio vital para controlar rutas interoceánicas y asegurar el futuro en un mundo donde el Pacífico se erigiría como epicentro económico y estratégico.

Ese legado no se extinguió con su muerte. Su discípulo, el coronel Julio von Chrismar Escuti, lo recogió con rigor intelectual y lo proyectó en la doctrina militar y legislativa chilena. Von Chrismar, fiel continuador de la escuela cañas-montalviana, tradujo la visión en propuestas concretas de soberanía austral-antártica, influyendo en la consolidación de bases y en la percepción de Chile como actor polar indispensable. Hoy, cuando el cambio climático abre nuevos corredores marítimos por el derretimiento de los glaciales y despierta apetitos por recursos estratégicos en el continente blanco, es imperioso recuperar ese pensamiento pionero. Considerarlo como una brújula para una Chile que aspira a ser actor relevante en el Indo-Pacífico podría traer nuevas oportunidades de gran valor.

Si revisamos lo que hacen otros y en un juego comparativo que resulte ilustrativo, Rusia, potencia ártica por excelencia, no ha dejado el Ártico al azar de la naturaleza. Desde la era soviética, Moscú rehabilita bases militares abandonadas con gran velocidad en la península de Kola, Nueva Zembla y Tierra de Francisco José, por nombrar algunas zonas, ha modernizado aeródromos como Nagurskoye y Temp, capaces de recibir aviones de largo alcance y sistemas de defensa antiaérea avanzados. Pero el esfuerzo va más allá, esta nación lidera indiscutiblemente la flota mundial de rompehielos, con más de 57 unidades, incluyendo la única flota operativa de rompehielos nucleares del planeta. Estos buques no solo abren la Ruta del Mar del Norte —acortando drásticamente el comercio Europa-Asia—, sino que garantizan presencia permanente, apoyan asentamientos civiles-militares y aseguran control logístico en un escenario de hielo que se derrite. Es una estrategia integral: infraestructura dual (civil y militar), inversión en capital humano polar (científicos, marinos, ingenieros) y proyección de poder duro para proteger rutas, recursos y soberanía. El resultado ya se puede apreciar con una Rusia que está dominando el Ártico, dejando atrás a sus más cercanos competidores, que incluyen USA, China y la propia OTAN.

Chile, en cambio, ha mantenido una presencia respetable pero modesta en la Antártica con bases científicas y logísticas que honran el Tratado Antártico, y eso está bien, pero carecen de la escala y la dualidad estratégica que exige el siglo XXI. En estos días, cuando se discute lo complejo que resulta disponer de petróleo y gas natural ante conflictos bélicos como el de Irán-Israel/USA, la dependencia del Medio Oriente pone en evidencia nuestras vulnerabilidades energéticas. Una proyección antártica robusta no solo fortalece la soberanía, sino que posiciona al país para enfrentar estos desafíos estratégicos en el futuro.

La exhortación es directa y sin eufemismos: Chile debe asumir un programa nacional de activos estratégicos, como lo hemos planteado en otras columnas de este medio (ver en el caso del Litio, Proyección de Chile en la estrategia del Litio), que considere la Antártica. No se trata de militarizar el continente blanco (por cierto, el Tratado Antártico de 1959 lo impide), sino de construir capacidades duales inteligentes. Rompehielos de nueva generación (incluyendo unidades polares con propulsión avanzada), rehabilitación y ampliación de bases con infraestructura modular para investigación científica y apoyo logístico permanente, y asentamientos temporales que permitan presencia continua. Todo ello sustentado en el desarrollo de capital humano preparado como eje central. Necesitamos formar, en universidades, academias militares y centros de excelencia, a geólogos polares, oceanógrafos, ingenieros logísticos, especialistas en derecho internacional polar, analistas geopolíticos y oficiales navales y aéreos con entrenamiento en operaciones extremas. Un programa que integre al Ejército, la Armada, la Fuerza Aérea y el sector civil, con becas, simuladores y alianzas internacionales selectivas. Si Chile no cuenta aún con la tecnología requerida, puede adquirirla en el mercado internacional, siempre asegurando la transferencia de conocimiento que permita impulsar el desarrollo propio proyectado en los próximos años.

Todo lo que le comento es parte de una necesidad para un país emplazado en el Asia-Pacífico, y para nada es algo alarmista o sensacionalista. Chile controla el Estrecho de Magallanes y el Paso Drake, puertas naturales hacia el Pacífico Sur, pero sin proyección antártica robusta, esa posición geográfica pierde profundidad estratégica. En un Indo-Pacífico donde China, Estados Unidos, y otras potencias medias como Australia y Francia compiten por influencia polar, Chile puede —y debe— convertirse en facilitador logístico y garante de estabilidad. La Antártica como se puede apreciar es la plataforma desde la cual proyectamos poder blando y duro hacia el océano que según el consenso de los más habilitados en esta materia, definirá el siglo.

El gobierno actual no debe descuidar este tema crucial. Recuperar el legado de Cañas Montalva y von Chrismar implica actualizar las necesidades al momento actual con absoluta conciencia de lo que ello significa. Chile cuenta con historia, posición geográfica y voluntad institucional, estaría faltando la decisión política de invertir en el desarrollo de sus activos estratégicos emplazados en la zona pero sobre todo, en su gente. Si actuamos ahora, con visión de Estado y no con cortoplacismo, también encontraremos puntos comunes donde el espectro político se una frente a un desafío país, la tricontinentalidad del Pacífico Austral no sólo defendería su soberanía antártica, sino que la convertiría en palanca de influencia global. El hielo se derrite, lamentable, con ello una coyuntura no esperada pero donde asoman renovadas oportunidades.

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