Materializar el Triunfo
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La victoria de José Antonio Kast en las elecciones presidenciales de Chile ayer, le permirtió alcanzar la presidencia de la republica con el 58,17% de las preferencias ( 7.240.006 de votos), derrotando de manera indiscutible a la candidata comunista Jeannette Jara, quien obtuvo el 41,83% (5.205.791 votos). Esto representa un hito importante para Chile, no solo porque se retoma el rumbo que venía mostrando nuestro país en las últimas tres décadas, si no porque es la victoria con la mayor votación en la historia republicana chilena. No se trata solo de un cambio de mando político, sino de una derrota contundente a las ideas marxistas que han permeado el debate público durante estos años recientes, al menos pudiendo hablar de «ganar tiempo»; tal vez por miedo de los ciudadanos a repetir escenarios deplorables como el fallido proceso constituyente forzado por la insurrección de 2019, o yendo más atrás por la oscura época de Allende y la desestabilización que provocaron sus dañinas maniobras inconstitucionales . El asunto es que siempre es una excelente noticia que las urnas rechacen propuestas que promueven la división de clases, la expropiación estatal, la erosión de las libertades individuales y perpetúan la división de los chilenos. Esta vez se ha capitalizado la voluntad de las personas de detener la violencia causada principalmente por la inmigración descontrolada, aspecto que sin duda afecta a una capa cultural de manera notoria, aunque sabemos que se debe trabajar profundamente en ello, donde la derecha como sector tiene una deuda pendiente en leer mejor los cambios en la psicología social para proteger nuestras tradiciones como nación y las que tienen que ver con la infancia y la familia. En un mundo donde el relativismo en estos temas amenaza con diluir identidades nacionales, esta elección significa un potencial inicio donde el patrimonio espiritual y moral de Chile, esperamos sea defendido con vigor.
Las ideas de izquierda radical, inspiradas en doctrinas que han llevado a la ruina económica y social en naciones como Venezuela o Cuba, han sido repudiadas por el pueblo chileno en esta ocación, el que ha visto decaer su calidad de vida en términos de la sensación de seguridad y de expectativas económicas, de salud y en general sobre el futuro. Kast ganó proponiendo el esfuerzo personal, la propiedad privada y el respeto a la ley como estandartes en la defensa de la libertad. Sin embargo, lo que hace esta victoria aún más significativa es la forma en que se ha articulado un discurso que resuena en un amplio espectro político; así también lo hizo ver cuando se refirió al apoyo del ex mandatario Eduardo Frei y de la “nueva falange” que ha surgido después del vaciamiento del centro (por el lado izquierdo) a manos del Partido Comunista y del Frente Amplio. La conquista del mandatario electo implica un compromiso irrestricto a volver a poner en el podio la educación pública representada por los liceos emblemáticos, y que movimientos anarquistas se han encargado de destruir sistemáticamente en estos años, con la complicidad de una izquierda que tiene problemas con condenar la violencia y que en ocasiones también la avala (como ocurrió con la llamada “primera línea” del octubrismo); así también con la educación en valores, con la promoción de las artes nacionales, con la preservación de nuestra tradución cristiana y su sana convivencia con la herencia indígena nacional, todo ello como escudo contra ideologías que buscan borrar todo este acervo.
Un aspecto central de esta materialización del triunfo será la defensa sin vacilaciones de la infancia y la familia, verdaderos pilares de la sociedad. Durante los últimos años, estos fundamentos han sido socavados por políticas que priorizan agendas ideológicas por sobre el bienestar real de las personas. Hemos visto cómo se han aprobado leyes que relativizan el rol de los padres, que exponen a los niños a contenidos inapropiados en los colegios o que debilitan la estructura familiar tradicional. Peor aún, un sector de la derecha –timorato y complaciente– ha entregado estas batallas sin pelear, permitiendo el avance ideológico de la izquierda en el Congreso con resultados nefastos para nuestra sociedad. Esta licuefacción moral, motivada por el miedo a ser etiquetado como «intolerante» o «retrógrado», ha costado caro a Chile, y Kast en este sentido ha encarnado la posibilidad de convertir una acción política movilizadora y representativa de una derecha más corajuda, que ha dicho no cederá terreno alguno. Su gobierno promete priorizar la protección de los menores contra los vectores de la izquierda que atacan sus derechos fundamentales, y el fortalecimiento de la familia como núcleo de estabilidad social. Es lo que esperamos los ciudadanos creyentes y defensores de los valores trascendetales, con un partido Republicano con la bancada más numerosa por lejos (31 diputados) y con la coalición que se está formando para respaldar esta fuerza, haciendo lo necesario para restaurar el orden moral, asegurando que la infancia crezca en entornos seguros y que las familias reciban el apoyo necesario para prosperar.
El hecho de que tengamos un presidente católico añade una dimensión espiritual profunda a este triunfo. Más allá de que el Estado es laico desde la Constitución de 1925, a lo largo de la historia de Chile se ha podido observar la impronta en materia valórica y la agenda que impulsa el sector que tiene el mandato de gobernar, y esto es lo que se espera de Kast, que se refleje concretamente en la acción gubernamental. Con ello deberíamos ver una comunicación fluida y respetuosa con las iglesias cristianas, reconociendo su rol histórico en la cohesión social de Chile. Un Estado que trabaje en conjunto con ellas, en líneas clave como la educación, donde se impulsarán programas que integren valores éticos; en los cuidados, apoyando hogares de acogida a madres solteras que quieren tener a sus hijos, hogares de ancianos y discapacitados gestionados por entidades religiosas; en la protección a los indefensos, como víctimas de violencia y quienes ven vulnerados sus derechos. Es imperativo reactivar esta infraestructura eclesial, que ha sido subutilizada en administraciones anteriores, desafectadas de este rol tan necesario.
El foco, a nuestro parecer, debe estar en levantar Chile desde las cenizas de la inestabilidad provocada por el gobierno socialcomunista que ya solo tiene 3 meses para dejar el mandato popular. Chile ha sufrido crisis económicas, protestas violentas y una pandemia que exacerbó, para la utilización política por parte de la izquierda, las desigualdades, pero que sí se estresan, como lo han venido haciendo los comunistas, rompen los tejidos sociales. Materializar el triunfo implica crear un sustrato apto para sembrar en el alma de los ciudadanos una mejor salud psicológica, sí, tal como lo escucha, porque esa es la urgencia en nuestra sociedad, tenemos un alarmante número de enfermedades mentales que debilitan las capacidades de las personas, deprimen su autoestima, y debemos atender a poner los recursos necesarios para restablecer en gran parte de la población el amor profundo a los suyos como refugio natural de contención, y un sentido de pertenencia que fortalezca todas las iniciativas que se puedan impulsar desde el Estado y los cuerpos intermedios, como las iglesias y otras instituciones especializadas. Esto no se logra con retórica vacía, sino con acciones concretas: programas sociales que incentiven el emprendimiento, subsidios dirigidos a familias de bajos ingresos y asistencia efectiva en salud mental para procurar el desarrollo máximo del potencial de cada individuo. El Estado tiene la gran tarea de ayudar a los chilenos para que salgan adelante, promoviendo la movilidad social a través de becas, capacitaciones y créditos accesibles, vigilando la no dependencia de estos instrumentos, sino más bien creando condiciones necesarias para apoyar a la gente. Al elevar el nivel de calidad de vida, se cultivará un orgullo nacional que haga impermeables a las tentaciones divisivas del marxismo, el que cambia de estrategia continuamente y se camufla con atractivos ropajes modernos y llamativos, sobre todo para los jóvenes. Los ciudadanos, sintiéndose respaldados, desarrollarán una resiliencia colectiva que impulse el crecimiento económico y la paz social.
Finalmente creemos que una visión integradora en lo cultural, lo moral y lo social consolidará una sociedad chilena más robusta, donde las tradiciones se preserven, la familia se fortalezca y el Estado actúe como facilitador del bien común. Todo esto dará al triunfo una consistencia que será incontestable para una izquierda que planea, como lo ha hecho siempre, recurrir a todos los métodos a su alcance para subvertir la armonía entre los ciudadanos, ya sea mediante protestas manipuladas, campañas de desinformación o alianzas perjudiciales para el interés nacional, desestabilizando al nuevo gobierno. Solo con una base sólida en valores eternos y políticas efectivas, Chile resistirá y prosperará, pudiendo llenar de significado y contenido el comienzo de un verdadero cambio y duradero.