Las nuevas balas hacia la población: la manipulación social
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Las nuevas balas hacia la población: la manipulación social
Hace unos días se dio a conocer que durante 2024, una red vinculada al Servicio de Inteligencia Exterior ruso (SVR), conocida como “La Compañía”, invirtió alrededor de 280 mil dólares para infiltrar más de 250 artículos falsos en medios de comunicación argentinos. Uno de los más tóxicos afirmaba que el presidente Javier Milei había enviado “saboteadores” argentinos a territorio chileno para atacar un gasoducto transandino. El propósito era explícito y estratégico, desestabilizar las relaciones bilaterales, poner en pugna a dos países vecinos y erosionar cualquier acercamiento geoestratégico, particularmente en torno a la explotación conjunta del litio, recurso estratégico vital en el Triángulo del Litio que ambos comparten y que es impulsado por Washington, pudiendo esto un problema de intereses para el Kremlin en su narrativa antioccidente.
Este episodio no es un incidente aislado, revela la nueva realidad de la guerra cognitiva: el uso deliberado de la información como arma para debilitar desde dentro la cohesión nacional y la voluntad de defensa de naciones adversarias.
Aunque estas técnicas tienen raíces históricas profundas —carteles propagandísticos en la Primera Guerra Mundial y transmisiones radiales por parte de la Alemania Nazi de Goebbels y la BBC en la Segunda—, la era digital las ha transformado radicalmente. Lo que antes era propaganda abierta se ha convertido en armamentización sistemática de la información.
La diferencia es esencial. La propaganda clásica buscaba alinear voluntades mediante mensajes repetidos e ideológicos. Cosa muy diferente es lo que conocemos como persuasión, cuando es honesta, forma parte del debate democrático y apela a la razón. La guerra cognitiva, en cambio, apunta más profundo, utiliza manipulación digital con narrativas sintéticas, deepfakes y perfiles falsos para fracturar la confianza colectiva, sembrar divisiones y paralizar la capacidad de actuar unida. Su objetivo no es convencer, sino desarmar psicológicamente.
Rusia y China dominan esta modalidad. Moscú actualiza sus históricas “medidas activas”. Pekín integra sus “Tres Guerras” en curso que despliega en el mundo (psicológica, mediática y jurídica) y operaciones en el dominio cognitivo para controlar percepciones colectivas. Un ejemplo demoledor ocurrió durante las elecciones presidenciales de Taiwán en enero de 2024. Como sabemos, este país está al acecho de una invasión del gigante chino hace algunos años, donde este último lanzó una ofensiva de desinformación para desacreditar a los líderes nacionalistas del Partido Democrático Progresista. Deepfakes mostraban al candidato Lai Ching-te en posiciones contradictorias y circuló un falso libro electrónico de 300 páginas plagado de escándalos inventados contra Tsai Ing-wen y su sucesor, con el fin de erosionar la fe en la autonomía taiwanesa y la voluntad de resistencia.
En nuestra región latinoamericana, estas operaciones buscan precisamente impedir que países como Chile y Argentina fortalezcan lazos en recursos críticos. Narrativas sintéticas circulan constantemente para exacerbar polarizaciones internas y cuestionar nuestras alianzas estratégicas.
Ante este asalto invisible pero brutalmente efectivo, la defensa debe ser estratégica y compartida. A nivel nacional, agencias como la ANI deben fortalecer sus capacidades de detección y atribución de estas operaciones. Se requiere construir resiliencia institucional mediante contranarrativas que refuercen nuestra identidad compartida, mayor cooperación con aliados democráticos y marcos legales que protejan la soberanía cognitiva del país.
A nivel personal, la primera línea de defensa es la higiene digital cotidiana, detenerse antes de compartir información que genera emociones extremas y buscar siempre perspectivas diversas. La educación sistemática en pensamiento crítico, desde la escuela hasta la universidad, resulta fundamental para reconocer técnicas de manipulación emocional. Finalmente, la acción colectiva, es decir, familias, comunidades y organizaciones que debatan abiertamente estas amenazas, multiplica nuestra capacidad de resistencia.
La guerra cognitiva no busca convencernos de algo; busca que perdamos la fe en nosotros mismos como nación soberana. El intento ruso de enfrentar a Chile y Argentina por el litio o por otros puntos de tensión (que todas las naciones los tienen, lógicamente), amplificarlos para generar el conflicto, es una señal de alerta clara. Defender nuestra cohesión y nuestra voluntad de decidir juntos ya no es solo tarea de inteligencia, es deber de cada ciudadano. ¿Podremos evitar otras de estas arremetidas? claro que no, pero con claridad del problema, unidad a la hora de evaluar y determinación en nuestro proceso de intelección, podemos neutralizar este peligro silencioso.