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El trabajo de campo de la derecha

El trabajo de campo de la derecha

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La importancia de asumir la filosofía del Ser de derecha no es solo un posicionamiento electoral o una etiqueta ideológica abstracta; debe ser una filosofía profunda, una cosmovisión que se sustenta en la tradición de nuestras costumbres, de un individuo que se supera a sí mismo, sujeto de derechos y de deberes, y de un marco moral que desciende desde esta concepción para impregnar la vida cotidiana. En un mundo cada vez más fragmentado por ideologías extremas, lucha multipolar de naciones superpotencias que rivalizan y el efecto islámico en Europa, la derecha debe enfatizar la defensa de su ideario como pilar fundamental de la libertad individual. La propiedad, un asunto importante, no es un mero acumular bienes, sino el fruto del esfuerzo personal, el incentivo para la innovación y el emprendimiento. Sin ella, el ser humano pierde autonomía, quedando a merced de estados omnipotentes y totalitarios que redistribuyen lo que un pequeño grupúsculo se le antoje repartir una vez que las camarillas se quedan con todo lo demás.

Pero esta filosofía va más allá de lo económico. Debe hablar de temas valóricos con convicción: la familia como núcleo de la sociedad, el cuidado de la infancia promoviendo entornos seguros donde se desarrolle, el respeto a la vida desde la concepción hasta la muerte natural, y la promoción de valores éticos que fomenten la responsabilidad personal. En un contexto donde el relativismo moral impera, la derecha tiene la obligación de defender estos principios no como imposiciones, sino como guías para una convivencia armónica.

Central en esta bajada filosófica es la defensa del cristianismo y de su culto religioso en nuestra realidad occidental. No se trata de un dogmatismo excluyente, sino de reconocer que estas tradiciones mantienen a la humanidad conectada con lo trascendente, con Dios. En una era de materialismo implacable, donde el nihilismo y el consumismo vacío dominan, el cristianismo ofrece un ancla espiritual. Sus enseñanzas sobre la dignidad humana, la caridad y la búsqueda de un bien superior trascienden lo mundano, recordándonos que no somos mera aglomeración de átomos sin mayor finalidad, sino seres con un propósito divino. Bajar esta filosofía significa traducirla en acciones cotidianas: en las escuelas, en las comunidades, en los debates públicos, donde nos convocamos todos para defender no solo el bolsillo, sino el alma de la nación.

Esta aproximación no es elitista; al contrario, busca democratizar ideas que han sido caricaturizadas por la izquierda como «retrógradas» y propias la burguesía, como suelen tildarlas; es cosa de mirar nuestra sociedad, en el caso chileno se alberga un profundo amor a ciertas costumbres, como el 18 de septiembre, fiestas costumbristas en los pueblos, la parada militar, rememorar los momentos donde nos hemos unido en la adversidad, y tantos otros. Vemos que todo eso simbólico tiene su correspondiente concreto: por ejemplo, al defender la propiedad privada, hablamos de la casa propia de la familia trabajadora; al abogar por valores cristianos, evocamos la solidaridad que une a nuestro vecino en tiempos de crisis. Solo así, la derecha puede reconectar con las bases sociales, mostrando que su filosofía no es un lujo intelectual, sino una posibilidad para la elevación humana.

Lo anterior es una parte, pero sabemos que una filosofía sin acción es estéril. La derecha debe transitar de las ideas abstractas a la praxis política concreta, revitalizando los cuerpos sociales intermedios que han sido debilitados por décadas de avance contracultural de la izquierda. Estos cuerpos —asociaciones vecinales, sindicatos independientes, clubes deportivos y culturales— son el puente entre el individuo y el Estado.

Fortalecerlos institucionalmente mediante una serie de acciones jurídicas, presupuestarias, formativas podrán darles mayor autonomía: exenciones fiscales para organizaciones comunitarias, marcos legales que faciliten su creación y operación, y protecciones contra interferencias ideológicas que intenten subvertirlas.

En las poblaciones y barrios, esta acción se traduce en empoderar a la gente para que resuelva sus problemas localmente. Imagine juntas de vecinos con capacidad real para gestionar recursos, organizar ferias laborales o que puedan apoyar el orden y seguridad locales. Fomentar el retorno de la educación cívica es clave: talleres sobre derechos pero también deberes, historia nacional y debate público. Se trata de formar ciudadanos informados que sepan discernir entre demagogia y propuestas serias, de que pasen de una realidad pasiva a una activa y vean el papel que desempeñan.

 

Saber conversar aunque haya disenso es el corazón de esta reparación social. Desde la derecha debemos liderar el diálogo que habilite los cambios. En un Chile polarizado, promover espacios donde se discuta sin cancelaciones —foros comunitarios, mesas redondas en universidades— fortalece la democracia. La acción política de la derecha no es solo ganar elecciones; es reconstruir el tejido social desde abajo, haciendo que la filosofía se encarne en iniciativas tangibles que mejoren la vida diaria.

Del individualismo al sentido de sociedad

El mayor desafío de la derecha contemporánea es superar el individualismo exacerbado que ha provocado tantos problemas en el seno familiar al priorizar el tener en vez del ser, de la escapada ante el permanecer juntos. Generar este cambio es clave: pasar de un «yo» aislado a un «nosotros» interdependiente. Tener conciencia de que nos debemos a un otro significa reconocer que la libertad individual florece en comunidad. Sin este giro, la sociedad se desintegra en personas egoístas, vulnerables a totalitarismos que prometen falsa unidad.

 

Este sentido de sociedad se manifiesta en la educación en todos sus niveles: desde la básica, inculcando valores cívicos; en la media, fomentando el servicio comunitario; en la universidad, promoviendo investigaciones aplicadas al bien común. La solidaridad no es un eslogan izquierdista; es una virtud cristiana y de justicia social cuando es genuina, donde el Estado refleja ese sentimiento de sus conciudadanos. Colaborar de manera auténtica —en voluntariados, en redes de apoyo mutuo— construye el tejido social.

 

Ser conscientes de que sin pensamiento colectivo no hay nación ni estado, es un asunto vital. Un país no es solo un grupo de personas conviviendo; es una entidad orgánica donde el bien de uno repercute en todos. La derecha debe liderar esta narrativa: que el éxito individual contribuye al progreso colectivo, y viceversa. En salud, educación, seguridad, cultura y economía, priorizar políticas que integren, no dividan.

 

Para finalizar, quizás ganen electoralmente nuestras ideas; esperamos que sea por su mérito intrínseco y no mera respuesta a evitar el comunismo y su discurso de lucha de clases que tanto daño han hecho a Chile, dividiendo familias y estancando el desarrollo. Volver a una armonía nacional donde nos miramos todos y queremos avanzar a mejorar nuestra realidad, porque el otro me importa, es el verdadero triunfo. Solo así, la derecha cumplirá su trabajo de campo: no como una posición reactiva, sino como fuerza constructiva para un Chile unido y próspero.

El Club de amigos de Boric

17 de junho de 2024

El Club de amigos de Boric