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El silencio de la izquierda post elecciones 2025: ¿en knockout o revisándose?

El silencio de la izquierda post elecciones 2025: ¿en knockout o revisándose?

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Mientras el nuevo gobierno se instala con la agilidad de un boxeador que aprovecha cada instante—decretos para fronteras, reacción rápida al revertir proyectos derogados como el de la ranita de Darwin que olían a pólvora ambientalista oportunista, énfasis en seguridad que hasta los más escépticos aplauden—, la izquierda chilena guarda un silencio poco habitual. ¿sufriendo aún el Knock out electoral de diciembre del 2025 o revisándose en el rincón, secándose la sangre y afilando el nuevo plan a poner el marcha? Todos nos hacemos la misma pregunta en las calles, en los cafés y, sobre todo, en las redes: ¿dónde y en qué está la izquierda?

Algunos, claro, están de vacaciones después de cuatro años intensos. Camila Vallejo, Nicolás Grau, Javiera Toro y el propio Gabriel Boric parecen haber activado el “modo avión”. Cuatro años de batallas diarias, de promesas grandilocuentes y de performance progre permanente en La Moneda dejan exhausto a cualquiera. Se los imagina uno en la playa de Zapallar o en algún rincón de la Patagonia, otros más internacionalistas se van a radicar a París como Maite Orsini; con un libro de Gramsci en una mano, quizás uno de Mazzucatto o Mark Fisher por su visión posmoderna de combate al capitalismo, junto a un pisco sour en la otra, recuperando el alma. Descanso necesario, dicen los entendidos. Pero el pueblo, mientras tanto, ve cómo el país empieza a respirar distinto, aunque la estela densa de corrupción pesa aún, y mucho.

Otros, los teóricos de siempre, ya volvieron a sus hábitats naturales: las mesas de bar de siempre y los restaurantes clásicos de Providencia y Lastarria. Ahí, entre un tinto y un ceviche, desmenuzan la derrota como si fuera un texto sagrado. “Fue el relato mal dirigido”, dirá uno. “No, fue la economía que no manejamos mucho”, responderá otro. “¡Fue TikTok, hueón, los republicanos nos dieron cátedra de eso!”, sentenciará el más joven. Tertulias eternas que, por alguna razón, siempre terminan a las dos de la mañana con la misma conclusión: “la próxima vez lo hacemos mejor”. Suena a comedia de enredos, pero es su ritual. Su terapia de grupo.

Los más ortodoxos, en cambio, no pierden el tiempo en bares. Están en modo comité central extendido, tanto en partidos, centros de pensamiento o universidades (como Grau en la Chile, con la plata de todos, como era de esperarse). Convocan asambleas virtuales y presenciales, integran militantes de base, revisan encuestas, memes, focus group y hasta los tuits que nadie leyó. Desmenuzan cada dato con la paciencia de un monje medieval copiando la Biblia. Análisis político, ideológico, cultural, emocional. Todo. Porque para ellos la derrota no fue un golpe, fue un laboratorio. Y de los laboratorios salen las revoluciones, o al menos eso repiten desde 1917 de su inspiración bolche.

Pero no puede faltar lo pintoresco, como la instalación de Boric en un edificio de Bellavista PITS (Polo de Innovación Tecnológica Santiago) con un equipo de seguridad que parece sacado de una serie de Netflix. Blindados discretos, guardaespaldas con cara de pocos amigos y vecinos que, mientras tanto, siguen sufriendo los embates diarios de la violencia y la delincuencia que tanto prometieron erradicar. La ironía es tan gruesa que llega a dar risa, el exmandatario protegido por los privilegios que tanto criticó, mientras el barrio que supuestamente amaba se desangra. Bromas aparte, me miraría con más cuidado a este personaje, que obtuvo una panorámica inmejorable desde la presidencia y agregando a sus análisis y estudios de costumbre, porque si hay algo que se le debe reconocer es que estudia y lee bastante.

Todo ello nos obliga a interpretar que dicho silencio no es rendición, para nada, es pausa cargada de electrificante futuro. La izquierda chilena nunca ha sido de las que se quedan en el piso contando estrellas, está aprendiendo. Está digiriendo la paliza electoral como quien estudia la video del partido perdido. Y ahí radica la intriga: ¿qué nuevas tácticas están cocinando?

Quizá ya no saldrán con banderas rojas y cánticos de “el pueblo unido”. Tal vez opten por una guerra de posiciones más sutil: influencers de barrio, algoritmos afinados hasta la obsesión, alianzas inesperadas con sectores que antes despreciaban, discursos que suenan moderados pero que esconden el mismo núcleo. Nuevos métodos de lucha, sí, menos barricadas y más datos, menos marchas (tienen poco margen en la aceptación ciudadana) y más narrativas virales, menos dogmatismo y más “empatía estratégica”. Podríamos visualizar en general una mezcla perfecta de aprendizaje amargo, creatividad renovada y la vieja astucia de quien sabe que el poder nunca se entrega, se reconquista.

Porque declarar al actual gobierno “enemigo político acérrimo” no fue solo una caricatura montada o un desliz retórico, tiene mucha mayor profundidad, costó asumirla pero ya está integrada. Fue una declaración de intenciones en todo el amplio espectro de las fuerzas progresistas, y desde esa posición de antípoda ideológicas, ya están midiendo distancias, calibrando golpes y preparando el contragolpe apenas vean una traspié de Kast y la administración entrante. El peor error sería subestimar a esta izquierda, hoy en revisión.

Para cerrar esta columna, vemos un alza de los combustibles nunca antes vista, claro, se atribuyen causas bélicas desde oriente próximo y paso limitado en el estrecho de Ormuz, un control activo a los inmigrantes en el país, y así este gobierno que está con el claro mandato del “trabajando para usted” sigue la ruta trazada, lo que abre muchos frentes que de no tener blindaje adecuado puede volverse en su contra con una izquierda en permanente aprendizaje y que no desaprovechará ninguna oportunidad de arremeter. 

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