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Vector Digital ¿desde o hacia nuestros niños?

Vector Digital ¿desde o hacia nuestros niños?

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Yo diría que ambas, es bidireccional, qué duda cabe, la vida familiar se entrelaza cada vez más con pantallas y redes, emerge así un cada vez más complejo vector digital que asoma como una tríada esencial: protección de datos personales, sistemas de inteligencia artificial y ciberseguridad. Esta estructura normativa busca resguardar la intimidad y la seguridad en el entorno digital, pero a veces no vemos tan nítido el enfoque prioritario que debe tener en  el bienestar de los niños y las familias.

La protección de datos avanza con la Ley 21.719 que entrará en plena vigencia en diciembre 2026, crea la Agencia de Protección de Datos Personales pero no enfatiza especialmente en los datos de niños y adolescentes. Algo como respetar su interés superior y autonomía progresiva, blindando su información sensible que padres comparten en hogares y colegios y que, reconozcámoslo no somos tan prolijos; fotos, rutinas, calificaciones, donde no siempre medimos las consecuencias a largo plazo.

La regulación de IA aprobada en Cámara 2025, en Senado clasifica sistemas por riesgo, promueve la transparencia, supervisión humana y mitigación de sesgos. Aunque aún está en tramitación, es nuestro deber estar atentos a que refleje la urgencia de controlar herramientas que ya influyen en educación, entretenimiento y decisiones familiares cotidianas.

La ciberseguridad se fortalece con la Ley 21.663 (vigente desde 2025), que creó la Agencia Nacional de Ciberseguridad (ANCI) para coordinar respuestas y proteger infraestructuras críticas dio un nuevo aire renovado a lo que ya se hacía en temas de amenazas y brechas, fortaleciendo la institucionalidad, lo cual es un logro importante en momentos de alarmante aumento de ataques en todo el mundo (y no parece haber nada que lo detenga).

¿Es para ver las cosas de manera pesimista? No, pero sí vigilantes para ir haciendo ajustes necesarios y actualizaciones oportunas; en la infancia y la familia, los impactos pueden ser profundos y cotidianos. Los niños crecen con datos recolectados desde temprana edad en apps educativas, redes familiares o juguetes conectados. Una filtración expone a perfilamientos invasivos, ciberacoso o grooming, erosionando la confianza y seguridad emocional del hogar. Compartir una inocente foto parece inocuo, pero alimenta bases de datos que luego moldean recomendaciones algorítmicas o publicidad dirigida, alterando percepciones y deseos de los menores.

La IA que tanto nos ayuda con herramientas personalizadas facilitan la vida y acompaña, también hace su trabajo inverso de agravar estas dinámicas, introduce riesgos sutiles —algoritmos que refuerzan estereotipos, priorizan engagement sobre bienestar o reducen diálogo directo—. En muchas de nuestras casas, las pantallas compiten con las conversaciones “cara a cara” y que son más cálidas, esenciales para forjar valores y vínculos duraderos. El ciberacoso, incluso en plataformas “inocuas”, genera ansiedad que permea el núcleo familiar. Casos como estos hay muchos, si no basta con ver solamente uno iconico como el de la plataforma Roblox en España reportada por el INCIBE (Instituto Nacional de Ciberseguridad) en julio de 2025.

La respuesta debe nacer en casa y hacer el esfuerzo entre todos los padres, hábitos simples pero firmes como límites en dispositivos, revisión conjunta de contenidos y enseñanza temprana de que la privacidad es un derecho valioso y debe cuidarse dia a dia, asumiendo que los enemigos de la pureza de la infancia no descansan ningun dia del año. Estas prácticas no solo protegen, sino que fortalecen los lazos afectivos, recordando que la tecnología debe servir a la familia y no desplazarla como lamentablemente suele hacer.

Esto debe ser complementado con mecanismos prácticos en los programas escolares de alfabetización digital que incluyan a los padres, guías de controles parentales adaptados a nuestra realidad, y la realización de campañas comunitarias de uso responsable. Alianzas con empresas tecnológicas pueden desarrollar herramientas más seguras, siempre priorizando el interés superior de los niños.

Entonces, ¿En Chile vamos rezagados o a un buen ritmo? Si bien hay avances con la ANCI y la futura Agencia de Datos, aún falta mucho para cubrir mejor las brechas de seguridad: la regulación de IA que se está debatiendo deja zonas grises en entornos emergentes, e implementación desigual revela que no todos los hogares tienen las mismas herramientas ni conocimientos, algo sabido por todos pero donde se ve poca acción concreta. Nuestra sociedad muestra una notable capacidad de adaptación cultural, pero la dependencia de plataformas de los gigantes tecnológicos exige mayor agilidad en resguardar los límites.

El Estado como articulador es fundamental en este sentido y su tonicidad puede hacer una enorme diferencia para no ser arrastrados a un descontrol; impulsar la colaboración público-privada, financiar iniciativas de educación digital en las comunidades, en el barrio, coordinar con organizaciones sociales y educativas para difundir buenas prácticas, facilitando y orientando puede empoderar a las familias para decisiones más informadas y autónomas.

Recordemos que el vector digital es un espejo de cómo queremos transitar la era digital, y una mayor reflexión, hábitos conscientes y articulación inteligentes, podemos transformarlo en aliado que proteja la infancia y fortalezca el hogar.

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