Un mundo con IA más polarizado y decisiones geopolíticas contundentes
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La inteligencia artificial ya no puede entenderse solo como una sucesión de innovaciones empresariales. El acceso a cómputo, semiconductores, datos, talento, estándares y mercados está reorganizando el poder internacional. Para Chile, el desafío no consiste en escoger mecánicamente entre Estados Unidos, China o Europa, sino en reducir dependencias críticas y conservar capacidad de decisión.
La Conferencia Mundial de Inteligencia Artificial de 2026, realizada en Shanghái, mostró que la gobernanza tecnológica se ha convertido en una dimensión explícita de la política internacional. Veintinueve países firmaron el acuerdo para establecer la Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial, mientras China presentó cooperación, capacitación y aplicaciones como componentes de una oferta dirigida especialmente al Sur Global.
El hecho es relevante, pero no porque anuncie un reparto definitivo del mundo. La competencia en inteligencia artificial todavía combina rivalidad y cooperación, empresas transnacionales, cadenas de suministro distribuidas y países que mantienen relaciones con más de un polo. Lo que está apareciendo no son bloques completamente cerrados, sino ecosistemas tecnológicos con distintos centros de poder, reglas de acceso y grados de compatibilidad.
La pregunta politológica no es qué país posee el mejor modelo en un momento determinado. Es cómo la concentración de capacidades tecnológicas modifica la autonomía de los Estados, la formación de alianzas y las condiciones en que las sociedades educan, producen, se informan y toman decisiones.
La infraestructura del poder tecnológico
La inteligencia artificial suele hacerse visible mediante asistentes, generadores de contenido o robots. Sin embargo, su base material incluye centros de datos, energía, redes, semiconductores, servicios en la nube y capital humano especializado. Quien controla esos recursos puede influir sobre los costos de acceso, las condiciones de uso y la velocidad con que otros actores desarrollan capacidades propias.
El poder tecnológico puede ordenarse en seis dimensiones:
- Cómputo, entendido como la disponibilidad de infraestructura para entrenar y operar sistemas avanzados.
- Semiconductores, que concentran conocimiento, fabricación y equipamiento en una cadena global con pocos proveedores críticos.
- Datos, cuyo valor depende de su calidad, escala, protección y posibilidad de uso legítimo.
- Modelos y software, donde conviven plataformas cerradas, soluciones abiertas y adaptaciones sectoriales.
- Talento, que permite investigar, evaluar, integrar y supervisar tecnologías importadas.
- Estándares y mercados, que determinan interoperabilidad, seguridad, contratación y posibilidades de expansión.
Estas dimensiones no están distribuidas de manera uniforme. El AI Index 2026 de Stanford muestra una fuerte concentración de modelos destacados y centros de datos, además de una brecha de desempeño cada vez menor entre los sistemas estadounidenses y chinos. Esto impide describir la competencia como una superioridad tecnológica estable de un solo actor. La posición relativa puede cambiar, mientras la dependencia de componentes, energía y nubes persiste.
Desde la politología, una capacidad se vuelve poder cuando permite modificar la conducta o las opciones de otros. Una plataforma ampliamente adoptada no solo vende un servicio: establece formatos, vocabularios, interfaces, requisitos de seguridad y costos de sustitución. El proveedor no determina automáticamente las decisiones del usuario, pero puede estrechar el conjunto de alternativas disponibles.
Tres estrategias de poder
Estados Unidos y la frontera de innovación
Estados Unidos conserva ventajas en inversión privada, empresas de frontera, servicios en la nube y diseño de semiconductores. Su estrategia combina competencia empresarial, apoyo público, alianzas y controles de exportación sobre tecnologías consideradas sensibles para la seguridad nacional.
Los controles aplicados a chips avanzados y equipos de fabricación buscan limitar determinadas capacidades chinas. A la vez, generan incentivos para sustituir proveedores, desarrollar tecnologías locales y formar circuitos comerciales alternativos. Esta doble consecuencia es habitual en las sanciones tecnológicas: pueden ralentizar el acceso del competidor y, simultáneamente, acelerar su búsqueda de autonomía.
El modelo estadounidense ofrece innovación rápida y un ecosistema empresarial diverso, pero plantea problemas de concentración privada, opacidad, uso comercial de datos y dependencia respecto de decisiones corporativas. Para un tercer país, acceder al sistema no equivale a controlar sus reglas.
China y la expansión de un ecosistema
China combina planificación estatal, escala de mercado, infraestructura, manufactura, investigación y despliegue en servicios públicos. La creación de la nueva organización de cooperación en IA y las ofertas de capacitación a países en desarrollo amplían esa estrategia hacia la gobernanza internacional.
La cooperación puede producir beneficios reales: menores costos, formación de especialistas, aplicaciones públicas y acceso a herramientas que de otro modo serían difíciles de financiar. Al mismo tiempo, cuando infraestructura, mantenimiento, capacitación y estándares provienen del mismo ecosistema, aumenta el costo de cambiar de proveedor. La dependencia no debe presumirse por el origen nacional de una tecnología; debe evaluarse mediante contratos, control de datos, portabilidad, auditoría y alternativas disponibles.
La principal ventaja china es su capacidad para vincular tecnología, industria y política exterior. Su principal interrogante para terceros países se refiere a la transparencia, las condiciones de gobernanza y la compatibilidad de sus soluciones con derechos, controles institucionales y ecosistemas distintos.
Europa y el poder regulatorio
La Unión Europea ha intentado convertir su mercado y su tradición jurídica en capacidad para fijar reglas. El Reglamento de Inteligencia Artificial establece obligaciones diferenciadas por nivel de riesgo, mientras el AI Omnibus extendió hasta diciembre de 2027 y agosto de 2028 la aplicación de ciertas normas para sistemas de alto riesgo.
Presentar a Europa como un actor que solo regula sería incompleto. Posee universidades, empresas, infraestructura científica y sectores industriales relevantes. Sin embargo, su peso en modelos de frontera, nubes globales y capital de riesgo es menor que el de Estados Unidos, y parte de su cadena tecnológica depende de proveedores externos.
La regulación puede proyectar influencia cuando las empresas adoptan sus estándares para operar en el mercado europeo. No obstante, la norma pierde capacidad estratégica si no se acompaña de innovación, infraestructura, evaluación técnica y compras públicas capaces de crear demanda.
De la multipolaridad a la interdependencia disputada
La idea de tres bloques separados ayuda a ordenar el panorama, pero puede exagerar la coherencia interna de cada uno. Las cadenas de valor atraviesan fronteras: el diseño de chips, el equipamiento para fabricarlos, la producción, el ensamblaje, la nube y las aplicaciones pueden radicarse en países diferentes. Empresas privadas negocian con gobiernos, universidades cooperan internacionalmente y muchos Estados intentan diversificar sus vínculos.
Por eso, el concepto más preciso es interdependencia disputada. Los actores necesitan intercambiar tecnología y conocimiento, pero buscan controlar los puntos de la red que consideran estratégicos. La competencia se concentra en cuellos de botella: semiconductores avanzados, equipamiento de fabricación, energía, datos especializados, talento y estándares.
Esa interdependencia puede utilizarse como instrumento de presión. Una restricción de exportaciones, la suspensión de un servicio en la nube o un cambio unilateral de licencia puede afectar políticas públicas y empresas de otro país. La soberanía tecnológica no significa producir todo dentro de las fronteras; significa conocer las dependencias, evitar concentraciones innecesarias y disponer de planes de continuidad.
La dimensión formativa y la infancia
La infancia constituye un ámbito estratégico. Los niños y adolescentes interactúan con sistemas de recomendación, tutores, asistentes y herramientas generativas. Esos sistemas pueden ampliar el acceso al conocimiento, personalizar apoyos y facilitar la creatividad. También pueden exponer a manipulación, sesgos, extracción de datos, relaciones de dependencia emocional o contenidos inadecuados.
No existe evidencia suficiente para afirmar que cada ecosistema nacional producirá automáticamente un tipo humano distinto. Los efectos dependen del diseño, la edad, el contexto educativo, la mediación adulta y las reglas de uso. UNICEF recomienda evaluar los sistemas desde los derechos del niño, incluyendo seguridad, privacidad, no discriminación, transparencia y bienestar.
La cuestión pública no debería reducirse a escoger entre herramientas chinas, estadounidenses o europeas. Las escuelas necesitan criterios de adquisición y evaluación aplicables a cualquier proveedor:
- protección reforzada de datos de menores;
- prohibición de usos comerciales incompatibles con la educación;
- información comprensible sobre funciones y límites del sistema;
- posibilidad de revisión humana y reclamación;
- evaluación de sesgos y calidad pedagógica;
- portabilidad de contenidos y registros;
- formación docente y alfabetización crítica de estudiantes;
- límites claros para asistentes conversacionales y sistemas de vigilancia.
La autonomía del estudiante se protege mejor con capacidades de juicio que mediante aislamiento tecnológico. Aprender a verificar fuentes, reconocer incertidumbre y comprender la lógica probabilística de estos sistemas es tan importante como regularlos.
Chile frente a las dependencias tecnológicas
Chile no cuenta con la escala para competir en todos los componentes de la inteligencia artificial. Tampoco necesita hacerlo. Una estrategia realista debe seleccionar capacidades que aumenten el poder de negociación y la continuidad de servicios esenciales.
La evaluación de preparación realizada por UNESCO reconoce avances en política pública y servicios digitales, pero recomienda fortalecer la gobernanza, el seguimiento de resultados, la formación de capital humano y la incorporación de IA y ética en la educación. Este diagnóstico sugiere que el problema no es la ausencia total de iniciativas, sino su coordinación y evaluación.
Chile debería distinguir entre autonomía, resiliencia y autosuficiencia. La autosuficiencia pretende reemplazar todas las dependencias externas y resulta inviable para una economía mediana. La resiliencia busca que una interrupción no paralice funciones críticas. La autonomía agrega capacidad política para escoger proveedores, negociar condiciones y cambiar de rumbo sin costos prohibitivos.
Las prioridades pueden organizarse en cinco áreas:
Infraestructura y continuidad. Identificar los servicios públicos y sectores estratégicos que dependen de nubes, modelos o componentes externos, y establecer respaldos, portabilidad y planes de salida.
Compras públicas. Utilizar el poder comprador del Estado para exigir seguridad, interoperabilidad, auditoría, residencia o transferencia de datos cuando corresponda, y condiciones transparentes de licenciamiento.
Capacidades nacionales. Invertir en talento, centros de evaluación, investigación aplicada y cómputo accesible para universidades, organismos públicos y empresas innovadoras.
Gobernanza de datos. Crear reglas que permitan usos públicos y científicos legítimos sin debilitar privacidad, seguridad ni derechos de las personas.
Diplomacia tecnológica. Participar en foros diversos, cooperar con varios ecosistemas y promover estándares compatibles que reduzcan el riesgo de encierro tecnológico.
Cuatro modelos para Chile
Alineamiento preferente. El país concentra su infraestructura y cooperación en un ecosistema dominante. Puede obtener acceso rápido y mejores condiciones, pero aumenta su exposición a decisiones externas y reduce alternativas.
Regulación importada. Chile adopta principalmente estándares desarrollados por otros, en especial europeos. Mejora la protección jurídica y facilita compatibilidad, aunque corre el riesgo de regular sin contar con capacidad técnica suficiente para fiscalizar o innovar.
Diversificación interoperable. El Estado trabaja con distintos proveedores y exige portabilidad, estándares abiertos y planes de salida. Reduce dependencia, pero requiere coordinación, profesionales especializados y costos de integración.
Soberanía selectiva. Chile identifica un conjunto limitado de capacidades que debe controlar directamente o mediante alianzas confiables: datos públicos críticos, evaluación de modelos, ciberseguridad, cómputo para investigación y sistemas esenciales. Es el modelo más exigente, aunque también el más compatible con la escala del país.
En la práctica, una estrategia nacional puede combinar diversificación interoperable y soberanía selectiva, utilizando alianzas externas para aquello que no conviene reproducir localmente.
Qué deberíamos observar
El avance de los bloques tecnológicos puede evaluarse mediante indicadores verificables:
- concentración de centros de datos, chips, nubes y modelos de frontera;
- cambios en controles de exportación y licencias de uso;
- membresía y compromisos efectivos de nuevas organizaciones internacionales;
- adopción de estándares comunes o incompatibles;
- condiciones de portabilidad y auditoría ofrecidas a gobiernos;
- inversión pública y privada en cómputo y capital humano;
- incidentes que afecten servicios esenciales o datos sensibles;
- participación de países medianos en la definición de reglas;
- cumplimiento de estándares de protección de la infancia;
- capacidad de Chile para medir resultados de su política de inteligencia artificial.
Poder nacional sin aislamiento tecnológico
En Politología Elemental, el poder no se reduce a la posesión de recursos. También comprende la capacidad de movilizarlos, protegerlos y convertirlos en decisiones. Aplicado a la inteligencia artificial, esto significa que comprar tecnología no equivale a desarrollar poder tecnológico. El país necesita instituciones capaces de evaluarla, negociarla, integrarla y reemplazarla.
La polarización geopolítica es real, pero no debe presentarse como un destino completamente cerrado. Los bloques se están formando mientras continúan las interdependencias y los países intentan conservar márgenes de maniobra. Chile puede aprovechar esa apertura si evita compromisos irreversibles y define con anticipación qué capacidades considera críticas.
La decisión estratégica no consiste en escoger una cosmovisión tecnológica única para las próximas generaciones. Consiste en establecer reglas democráticas para que ninguna empresa o potencia determine por sí sola la infraestructura, los datos y los criterios con que el país educa, produce y gobierna.
La inteligencia artificial será una fuente de poder internacional porque atraviesa múltiples funciones del Estado y de la sociedad. La respuesta más sólida no es el aislamiento ni la adhesión automática. Es una política de autonomía práctica basada en diversificación, interoperabilidad, capacidades nacionales y protección de derechos.
Fuentes principales
- Gobierno de China, acuerdo para establecer la Organización Mundial de Cooperación en IA
- Gobierno de Shanghái, resultados de la Conferencia Mundial de IA 2026
- Comisión Europea, calendario de aplicación del Reglamento de IA
- Estados Unidos, política de exportación de semiconductores a China
- Stanford HAI, AI Index Report 2026 y OCDE, seguridad del cómputo para IA
- UNICEF, IA y derechos de la infancia y UNESCO, preparación de Chile en IA
- Luis Heinecke, Politología Elemental: poder, recursos, capacidades, soberanía, alianzas y proyecto histórico.