Entre cables y apoyo a operación USA-Israel en Irán ¿Como anda nuestra soberanía?
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En el tablero global de la geopolítica, las decisiones sobre infraestructuras críticas como cables submarinos o programas nucleares no son meros tecnicismos; son apuestas por la soberanía y la estabilidad. Tomemos el caso del programa nuclear iraní, que ha generado tensiones constantes en Oriente Medio. Estados Unidos e Israel han adoptado una postura categórica, calificándolo como una amenaza regional inaceptable. Bajo la premisa de ser un «peligro para la región», Israel fortalece su posición estratégica, pero esta aproximación nos lleva a un escenario internacional de incertidumbre, sobre todo esperando algún tipo de pronunciamiento de otras potencias como China y Rusia que cada vez son menos declaratorias y más activas. El enfoque en contener a Irán responde a una lógica de contención ante regímenes que desafían un orden que ha costado muchísimo obtener, han sido años de paz en Europa y America (refiriendo como debe ser, América del norte, centro y sur) que depende de todos mantener, más aun cuando la legitimidad y efectividad de la democracia parece estar cuestionada, en el entendido que los regímenes parecen ser más eficaces para implementar cualquier tipo de política, claro, sin oposición o si es silenciada abruptamente, como solía hacer el régimen del Ayatolá Jamenei, o desde el punto de vista comercial con empresas como cabezas de playa de estados dictatoriales, todo resulta expedito. La enseñanza no es más totalitarismo, es más perfeccionamiento y transparencia de nuestro sistemas democráticos.
Ahora, volvamos la mirada a nuestro país, el controvertido cable submarino chino que estuvo a punto de materializarse en Chile. El proyecto, aprobado y listo para avanzar, reveló vulnerabilidades alarmantes en nuestra capacidad para evaluar riesgos, lo que generó la indignación de EEUU y revocó la visa a tres funcionarios del Ministerio de Transportes y Telecomunicaciones de nuestro país. China, con su sistema totalitario y comunista, no oculta su afán por controlar nodos de comunicación y rutas digitales. ¿Podemos ignorar esto argumentando que no somos un objetivo prioritario al ser un país pequeño? La realidad indica que aún siendo pequeños estamos en una posición geográfica relevante, pero tuvimos un episodio que expuso una falta de pericia en nuestra inteligencia nacional, particularmente en la Agencia Nacional de Inteligencia (ANI) que depende del Ministerio de Interior, que falló en detectar potenciales brechas de seguridad. Peor aún, evidenció una descoordinación con entidades como el Ministerio de Relaciones Exteriores y el Ministerio de Defensa, donde se esperaba una respuesta unificada y articulada.
Es innegable que Estados Unidos ofrece garantías democráticas superiores: elecciones periódicas, instituciones independientes y controles autónomos que limitan los abusos de poder. Como socio estratégico, representa una opción más confiable para alianzas en infraestructuras críticas como esta. En contraste, la maniobra del gobierno de Boric para avanzar con el cable chino representa un fracaso rotundo, no solo por una diplomacia politizada con sesgos ideológicos evidentes, sino por la debilidad estructural de nuestro sistema de inteligencia. No se trata solo de culpar a la gestión actual; el problema radica en un aparato de seguridad famélico, susceptible a capturas ideológicas que minan su efectividad. ¿Cómo podemos proteger nuestra soberanía si dependemos de evaluaciones superficiales en un contexto donde las comunicaciones son el nuevo campo de batalla?
Este bochorno se suma a episodios previos, qué decir del octubrismo de 2019 que nadie advirtió ni mucho menos detuvo, del ingreso de mafias que operan activamente en territorio nacional, de los casos de espionaje del buque supuestamente científico chino Tansuo Yijo en enero de este año, o de esas embarcaciones que depredan nuestras costas extrayendo nuestros recursos del mar; todo este cuadro no hace más que subrayar la urgencia de reformas y la concurrencia de las voluntades a mejorarlo cuanto antes. Afortunadamente, el 28 de enero de 2026, el Congreso despachó una nueva Ley de Inteligencia que busca modernizar este sistema, tras más de siete años de tramitación para fortalecer el sistema de inteligencia, representa una oportunidad que no podemos desperdiciar. Es el momento de construir un marco robusto, independiente de vaivenes políticos pero que cuente con el apoyo transversal del sector, que priorice la detección de amenazas y la coordinación interinstitucional. No podemos permitir que nuestra soberanía quede expuesta a potencias con prácticas antidemocráticas, que usan la información como moneda de cambio cuando las cosas no les favorecen, como ha ocurrido en muchos proyectos de la Ruta de la Seda 2.0 (Belt and Road Initiative) en Europa y África. Un Chile soberano exige conocimiento propio, con inteligencia propia e independiente, decisiones autónomas y alianzas con quienes respetan las reglas del juego democrático. Solo así evitaremos repetir errores que comprometen no solo cables, sino el futuro de nuestra nación.