Un mundo con IA más polarizado y decisiones geopolíticas contundentes
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El World Artificial Intelligence Conference 2026, celebrado en Shanghái entre el 17 y el 20 de julio bajo el lema “Socios inteligentes, creando juntos el futuro”, no tiene ni la brisa mas cercana a una feria tecnológica, fue un ejercicio de despliegue de poder y fuerza nacional china. Con la presencia de Xi Jinping y la firma del acuerdo para crear la Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial con 29 países como miembros, China consolidó su narrativa en IA de no limitarse a modelos de lenguaje, sino que mostrar su ampliación en temáticas como infraestructura, estándares, formación de talento y, sobre todo, adivina…sí, clientes.
Pekín hacía un ejercicio armonizado de exhibición de agentes autónomos, clústeres de cómputo doméstico y soluciones embebidas en robots y dispositivos, y al mismo tiempo ofrecía entrenamiento, transferencia de capacidades y acceso preferente a países del Sur Global. Filantropía podríamos decir ingenuamente, o tal vez de manera apresurada, pero es más bien una construcción de dependencia tecnológica, casi una réplica de lo que ocurrió a fines del siglo XIX cuando los ingleses exportaban sus vías férreas y regalaban los ferrocarriles; claro, ellos exportaron la norma, el estándar, luego la logística ideal para llevar productos hasta Londres, no importando de donde viniera. Quién forma a los ingenieros, provee la infraestructura y define los estándares de interoperabilidad termina moldeando también los sistemas educativos, los servicios públicos y las experiencias cotidianas de las próximas generaciones.
En el otro extremo del espectro, la Unión Europea sigue apostando casi exclusivamente por la regulación, les va bien con eso, pero no se hasta cuando resista ese modelo, como el AI Act, emblemático en su intención de proteger derechos, que además enfrenta retrasos prácticos; el llamado Digital Omnibus de 2026 postergó obligaciones clave para sistemas de alto riesgo hasta finales de 2027 y 2028, en que Europa produce normas sofisticadas, pero su peso relativo en el desarrollo de modelos frontier, chips avanzados y despliegue masivo sigue siendo limitado. El resultado es un mercado grande y regulado, pero con escasa capacidad de imponer su visión tecnológica más allá de su territorio.
Estados Unidos, por su parte, mantiene el liderazgo en investigación de frontera con sus Big Tech, capital de riesgo comprometido con un sentido patriótico y control de componentes críticos que obliga a países aliados como Taiwan (TSMC) y Países Bajos (ASML) a restringir las exportaciones a China, su más acérrimo competidor y evitar que gane la carrera de la IA, pero esto ha acelerado, paradójicamente, la búsqueda china de autosuficiencia y de mercados alternativos. El mapa que emerge no es multipolar en el sentido clásico, es un mapa de bloques tecnológicos con lógicas distintas.
¿Qué significa esto para la infancia en el futuro cercano?
Los niños de hoy interactúan con sistemas de IA a edades cada vez más tempranas, con tutores, compañeros conversacionales, recomendaciones de contenido, herramientas de aprendizaje y entretenimiento. Si estos sistemas operan bajo arquitecturas, datos de entrenamiento, filtros de contenido y valores diferentes según el bloque geopolítico que los provea, la polarización deja de ser solo un fenómeno de adultos y se vuelve formativa.
Un menor educado en un ecosistema chino encontrará herramientas poderosas, baratas y orientadas a resultados colectivos, pero con límites claros sobre qué puede preguntar y qué respuestas recibirá. Otro, inmerso en el entorno estadounidense, tendrá acceso a modelos más abiertos y creativos, pero también a mayores riesgos de manipulación comercial, contenido extremo y vigilancia privada. El niño europeo, protegido por marcos de privacidad más estrictos, podría enfrentarse a herramientas más limitadas o retrasadas. En América Latina, la pregunta es aún más aguda e inquietante su panorama ¿de qué ecosistema dependerán nuestras escuelas, nuestras plataformas educativas y los dispositivos que usan nuestros hijos?
La brecha no será solo de acceso, sino que de algo muchísimo más relevante, de la cosmovisión que impere. Los algoritmos como sabemos no son neutros y forman hábitos cognitivos, umbrales de tolerancia a la ambigüedad, nociones de verdad y de autoridad. Cuando dos generaciones crecen con sistemas que filtran la realidad de manera estructuralmente distinta, la conversación democrática, abierta y más transparente, así como la comprensión mutua, se vuelven cada vez más difíciles.
Chile y la región no pueden limitarse a ser consumidores pasivos de estas decisiones. Las elecciones sobre infraestructura digital, compras públicas de software educativo, estándares de protección de datos de menores y formación de capital humano en IA son decisiones de poder nacional, formando y configurando el horizonte del país y su posición relativa en el concierto internacional. La solución entonces no está en elegir un bloque por afinidad ideológica solamente y tener una membresía repleta de condiciones a cumplir por parte de la potencia dominante, sino de preservar márgenes de autonomía para que la infancia no herede un mundo ya fragmentado en silos tecnológicos incompatibles. Países medianos y pequeños como Chile deben tender a desarrollar una infraestructura segura que imponga minimos comunes denominadores que mitiguen riesgos sobre su soberanía.
Finalmente, el WAIC 2026 mostró que China entiende que todo se trata de estratégica, mientras que en Europa se prioriza la contención normativa y en Estados Unidos se desarrolla una competencia por la frontera tecnológica, pareciendo caminos que no convergen a ningún lado. La pregunta que queda para nosotros es simple y urgente: ¿qué decisiones estamos tomando hoy para que nuestros niños no crezcan en un mundo de inteligencias artificiales más polarizado, sino en uno donde la tecnología amplíe su capacidad de juicio y no la sustituya?